El color, un “medio”. Colectivo Art Dinamo

Julio César Abad Vidal

La  obras del Colectivo Art Dinamo, integrado por nueve pintoras unidas por su formación en la madrileña La Dinamo Creativa Academia de Artes Plásticas, bajo la dirección de Isabel Manteca Martínez, coordinadora asimismo del colectivo. Como atestigua el título, El color, un “medio”, elegido por la docente, el concepto mismo de “color” se constituye en el objetivo fundamental de su taller. Un instrumento que sirve a muy distintos propósitos de acuerdo con las particulares pesquisas artísticas de sus respectivas autoras.

Entre las obras abunda el paisaje, más ausente de un naturalismo minucioso, guiado, antes bien, por una implicación lírica. Así ocurre en el caso de Yulia Bazhenova, formada en Bellas Artes, Restauración y Diseño en su San Petersburgo natal, cuyas libérrimas composiciones al óleo sobre papel presentan la bondad de antojarse apuntes apresurados en lugar de trabajos sólidamente meditados. En estos trabajos, todos ellos realizados durante los primeros meses del presente año, Bazhenova trabaja el óleo como si en realidad se tratara de acuarela, alcanzando una frescura y una viveza notables. Composiciones aparentemente caprichosas en las que su autora, no obstante, ha procedido a una inteligente geometrización de los planos cromáticos evocados en estas inspiradoras configuraciones.

Beatriz Gago pareciera abandonar en estas obras de pequeño formato al óleo sobre tela cualquier férrea organización para sumergirnos en unos paisajes que, por encima de todo, transmiten serenidad. Son paisajes tanto experimentados físicamente como conocidos por fotografías, muchas de las cuales proceden de sus estudios cromáticos y de texturas para su trabajo en la arquitectura. En sus paisajes está ausente el ser humano, como lo están los testimonios de su presencia. Son paisajes adánicos en los que una suerte de camino conduce, a través de una vegetación diversa y consecuente, a unos cielos calmos, prístinos. Pinturas, en definitiva, para abandonarse en busca de sosiego.

Cristina Fernández Martín cultiva fundamentalmente el género del paisaje, ya sea mediante la pintura al óleo o, como ocurre en el caso de las obras con las que comparece a esta colectiva, el collage. En estos últimos trabajos, la autora dispone fragmentos de papel con colores planos que, en ocasiones, matiza con grafito o lápiz blanco. Sus obras transmiten serenidad, ya sean vistas campestres, montañosas o fluviales, y en las que juega con la composición, introduciendo una diferente altura en la línea de horizonte, lo que contribuye, a pesar de su inequívoco aire de familia (el lenguaje aquilatado de su creadora), a alcanzar en sus trabajos una notable y vivaz variedad.

Asimismo mediante el collage, María de Arana –quien comparece también con una obra pintada al óleo– explora de una manera detenida los valores de una embarcación, de una manera física (con una suerte de desmontaje y reconstrucción de sus partes) y la entidad espiritual que conlleva, algo que excede lo meramente objetivo: el tránsito, el viaje, el desplazamiento. Con una retórica visual propia, en cierto modo, de los planos arquitectónicos, acierta a crear seductoras composiciones a través exclusivamente del recurso de papeles y cartones con algunos apuntes de tinta china o de lápiz graso. Finalmente, los títulos de estos trabajos remiten a partes de una embarcación, pero no necesariamente protagonizan las respectivas composiciones.

Otro de los géneros mejor representados es el de la naturaleza muerta. Así, Paloma Blázquez plantea al óleo sobre tela o papel, tanto en formatos medianos como pequeños unos bodegones muy sólidamente definidos en planos –acaso por su dedicación a la arquitectura–, si bien en el titulado Composición, 3, la ilusión tridimensional de sus compañeros numerados con las cifras 1 y 2 (en los que abundan cromatismos cálidos y fríos, respectivamente) se ha perdido para perseguir, antes bien, una investigación sobre la misma planitud de la superficie pictórica. Un aspecto que accidentes provocados como la marca circular de un bote de pintura excita en el espectador en Composición, 1, ese viaje de ida y vuelta entre la realidad y su representación. Del mismo modo, Composición, 3 descuella por el tratamiento geométrico de los volúmenes de las tres frutas que protagonizan la escena.

Por su parte, Rosa Leal Arias, licenciada en Bellas Artes, ofrece en Después de la fiesta, I, y Después de la fiesta, II, dos obras de una serie de bodegones realizados con tinta y collage sobre papel caracterizados por su sentido lúdico, en ocasiones de alucinado y aun lisérgico cromatismo, en una conjunción elocuente con su temática. Estas obras comparten con uno de sus temas predilectos, las flores (que más recientemente está estudiando de modo más descriptivo, botánico), el sentido de vanitas, lo que acentúa el hecho de detenerse en naturalezas muertas en los restos que permanecen tras la fiesta, cuando pesa el cansancio, la atmósfera queda saturada de olores y llegan las despedidas. Tan solo los restos sobreviven a lo lúdico, tan efímero.

La más abstracta de las comparecientes es Cristina Prieto Crespi, quien ha venido formándose en distintas escuelas desde sus inicios, en 1995, con la docencia de la muy singular pintora madrileña Rosa Maroto. Las dos obras que presenta, pintadas con técnica mixta sobre lienzo, pertenecientes a su serie Analogías, ofrecen campos de color cargados de fuerza y expresividad, tanto en su intensidad como en su disposición, en las que la pintora experimenta asimismo con las texturas y aun los brillos, pues ha dotado a algunas partes de sus composiciones de una refulgente capa de resina, lo que contribuye a dotar a sus obras una mayor rotundidad atmosférica por la luz envolvente que reflejan.

Cristina Sánchez Bueno recrea al óleo sobre lienzo en un conjunto de tres obras intitulado Escalera hacia la luz, y que presenta la dicción de la pintura metafísica, un espacio arquitectónico: un vano coronado con un arco de medio punto al que da acceso una escalera. Un motivo arquitectónico creado por ella misma en una residencia campestre de la provincia de Cáceres. Junto a estos tres elementos arquitectónicos (puerta, arco y escalera), además de los muros por completo desornamentados y pintados con colores planos, la pintora teje una investigación sobre la luz. Un conjunto que es, asimismo, un palimpsesto, pues suma a la representación pictórica una experiencia propia anterior: la arquitectura, creada por ella misma.

Compartiendo ese velado carácter autobiográfico comparece un tríptico al grafito sobre textil titulado Tiempo del cuerpo, I, II y III, de la madrileña Atocha Sanz, arquitecta –y en la actualidad profesora de dibujo y pintura–, y la única de las comparecientes que se ocupa en la presente muestra de la figura humana. La pintora se ha autorretratado en una de las obras (la II), siendo las protagonistas de las restantes su madre, Milagros (III), y su hija (I), Candela. Las retratadas son apenas esbozadas, de frente y con hieratismo, transmitiendo cosidos y zurcidos un cromatismo descendente desde el más encendido de la niña hasta el más ceniciento de la anciana. Hilos que transmiten de modo transparente la idea de legado, de tradición.

 

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