Para que los ojos se aventuren. Sobre los paisajes de António Oliveira Tavares
Julio César Abad Vidal

Existe en la pintura contemporánea portuguesa una pléyade de creadores que, desde distintas perspectivas, usos y estrategias, se dedican con particular agudeza a una mirada profunda hacia la naturaleza. A grandes rasgos, y en ello mantendremos el eje conceptual de la exposición El paisaje prójimo, que comisariamos en el Centro Cultural Conde Duque, en Madrid, en 2012 , la creación contemporánea se enfrenta al paisaje en una doble dirección. La primera constituye una estrategia lírica, imaginativa, cabe decir, nostálgica. La segunda, se encamina a desenmascarar la ilusión de un orden beatífico para, por el contrario, enfrentarnos abiertamente al actual estado, calamitoso, de la naturaleza y de la existencia toda. Y, si la primera de estas maniobras permite aventurar que en las ensoñaciones de la naturaleza acometidas por gran parte de los artistas contemporáneos se observa un halo melancólico –cuando resulta manifiesto que hoy todo paisaje está marcado acaso irreparablemente por el hombre–, la segunda abunda de un modo explícito en un contenido admonitorio. Así, si la primera de estas tácticas se relaciona con la idea de lo que podría identificarse como el «paisaje soñado», la segunda podría denominarse como la práctica del «paisaje crítico». La obra de António Oliveira Tavares (Lisboa, 1961) se incardina entre los primeros. Y su actual presentación monográfica en Madrid constituye un doble motivo de celebración, pues ha transcurrido ya una década desde sus últimas exposiciones institucionales en España, que celebró en 2014 en el Museo Etnográfico Extremeño González Santana, en Olivenza (Badajoz) y en el Centro Cultural Las Claras (Antiguo Convento de Santa Clara) de Plasencia (Cáceres) .
Existe en la gramática de Oliveira Tavares una yuxtaposición de elementos discernibles, como los troncos de los árboles que evolucionan caprichosamente, con la presencia de campos que parecen traducir ámbitos cromáticos que producen un dilatado juego en la retina entre la ilusión tridimensional y la planitud.
Algunas de sus composiciones alcanzan extremos indiscernibles apenas comprensibles como cimas que se recortan contra el cielo, pero cuya superficie y la integridad de sus volúmenes se muestran en una secreta trama cromática que no obedece a una representación siquiera aproximada de fenómenos naturales concretos. O bien, las copas de los árboles parecen flotar, pues únicamente se ha representado el término de su tronco antes del arranque de las ramas, un tronco que, sensiblemente, carece de tonalidades opacas y, por consiguiente, de densidad. La mirada que se desplaza por los acrílicos sobre lienzo de Oliveira Tavares ha de poner algo de sí misma para interpretar y habitar esos paisajes evanescentes, esos territorios ambiguos, para anclarlos a una experiencia que signifique. Por ello, se ha preguntado con justicia la poetisa brasileña Leticia Constant en su aproximación poética a la obra de nuestro pintor:
De onde vêm essas imagens que dão a impressão
de precisar de nosso olhar para sobreviver?
Otro aspecto que consideramos notable es que Olivera Tavares ha alcanzado a transmitir la exuberancia y el dinamismo logrados en sus pinturas, paradójicamente, incluso en ausencia de cromatismo, como ocurre en una serie de dibujos, realizados en Borba en 2012 al grafito sobre papel (29,7 x 42 cm c/u) que comparece en la presente muestra. Una familia de dibujos que transmite poderosamente la urgencia de su propia ejecución.
Finalmente, apuntaremos una última característica de la aproximación de Oliveira Tavares al género del paisaje. Se trata de la flagrante ausencia del hombre, así como de sus creaciones o sus desmanes, en un territorio adánico que es, al tiempo, una nostálgica exploración de la luz en lo artístico y de una comunión espiritual en lo estético. En este sentido, en un texto que escribió para nosotros el pasado 13 de diciembre, Oliveira Tavares explicita su necesidad de recurrir a la naturaleza como un asidero frente al calamitoso mundo nuestro, víctima de un desenfrenado proceso de desmantelamiento moral, cultural y social. Así, ha afirmado con elocuencia que:
En el mundo de transición en el que vivimos, en el que la supervivencia de tantos animales y ecosistemas está en peligro y la propia humanidad está en peligro existencial, es casi urgente recurrir a la naturaleza. La complejidad del mundo natural siempre me ha encantado, me encanta observar las montañas, ver las curvas de una flor, el vuelo de los insectos, el agua que fluye en los ríos, el rocío de la mañana…
En el caso de Oliveira Tavares resulta tanto más curiosa esta ausencia humana y de lo humano, cuando gran parte de su obra se consagra al género del retrato, o ha realizado una dilatada serie de apropiaciones –entre 1992 (con una cita de Vermeer) y 2008 – de obras de, entre otros, Velázquez, Ingres o De la Tour, empleando siempre, precisamente, citas de los rostros representados por los artistas homenajeados.
Para concluir, desearíamos recordar que, en el catálogo publicado con motivo de su exposición individual en Lisboa en 2012, Oliveira Tavares reprodujo la segunda de las tres estrofas que componen un himno, «Se Deus» (Si Dios) a la divinidad de la naturaleza, hermana nuestra, por uno de los heterónimos, y el primero de los que creara, de Fernando Pessoa: Alberto Caeiro, que no podemos resistirnos a recuperar aquí:
Mas se Deus é as flores e as árvores
E os montes e sol e o luar,
Então acredito nele,
Então acredito nele a toda hora,
E a minha vida é toda uma oração e uma missa,
E uma comunhão com os olhos e pelos ouvidos.
Mas se Deus é as árvores e as flores
E os montes e o luar e o sol,
Para que lhe chamo eu Deus? .

La poética de Oliveira Tavares se hermana con el heterónimo pessoano que su autor hizo morir de tuberculosis a la edad de veintiséis años, en 1915, poco después de haberlo creado. Es en la naturaleza, en su densidad y exuberancia, en su instinto y vitalidad, en la que encuentra una compañera con la que alcanzar la trascendencia. La pintura de nuestro António Oliveira Tavares se instituye, así, en una suerte de mística.

[1] Julio César Abad Vidal es Premio Extraordinario de Doctorado en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Madrid. Es Doctor en Filosofía –Área de Estética y Teoría de las Artes–, Licenciado en Historia del Arte y Licenciado en Estudios de Asia Oriental, asimismo por la UAM.

[2] Cfr. Abad Vidal, Julio César: «El paisaje prójimo», en Fundación ONCE. IV Bienal de Arte Contemporáneo. Madrid, Fundación ONCE, 2012, pp. 33-57. Entre los cuarenta artistas que comparecieron en la muestra se encontraban los creadores portugueses Rui Algarvio (Barreiro, 1973), Domingos Loureiro (Valongo, 1977) y José Batista Marques (Lisboa, 1975).

[3] En 2021, por su parte, ofreció la exposición Ponto de Partida, en la pacense Galería Arte Joven.

[4] «¿De dónde proceden esas imágenes que parecen / necesitar nuestros ojos para sobrevivir?». La cita procede de la p. 5. La traducción es nuestra.

[5] Borba es una ciudad situada en el Alentejo, y a unos 40 km de Badajoz., en cuyas proximidades reside nuestro artista «inmerso en la naturaleza», como nos confesó en una entrevista que mantuvimos el pasado mes de diciembre.

[6] Cuando, «las obras de otros pintores desaparecieron de mis cuadros poco a poco como el movimiento de una ola que llega a la orilla, a veces estaba presente y otras completamente ausente hasta que un día no quedó nada», como tan bellamente ha manifestado en el mencionado documento que nos remitiera el 13 de diciembre.

[7] «Mas, si Dios es las flores y los árboles, / Y los montes y el sol y el claro de luna, / Entonces, creo en Él en todo momento, / Y mi vida es toda ella una oración y una misa, / Y una comunión con los ojos y por los oídos. / Mas, si Dios es las flores y los árboles, / Y los montes y el claro de luna y el sol, / ¿Para qué lo llamo Dios?». Reproducido en Oliveira Tavares. Do We Need Tress? Lisboa, Galeria do Clube Nacional de Artes Plásticas, 2018, p. 6. La traducción es nuestra.

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